Los hongos tienen un impacto dual en la vida humana: por un lado, son esenciales para la bioeconomía y la producción de compuestos valiosos (enzimas, fármacos, alimentos fermentados); por otro, algunos representan una amenaza para la salud humana y animal debido a la producción de micotoxinas, metabolitos secundarios tóxicos que contaminan alimentos y piensos. Se estima que aproximadamente el 25% de los cultivos globales están contaminados con micotoxinas cada año. lo que genera graves problemas de seguridad alimentaria y efectos adversos para la salud, incluyendo hepatoxicidad, neurotoxicidad, inmunosupresión y carcinogénesis en animales y humanos.
Las principales micotoxinas de importancia en alimentos incluyen Aflatoxinas (B1, B2, G1, G2, M1), Ocratoxina A (OTA), Deoxinivalenol (DON), Fumonisinas (B1,B2), Zearalenona (ZEN), Patulina (PAT) y Citrinina. Estas toxinas son producidas principalmente por hongos filamentosos (mohos) de los géneros Aspergillus, Penicillium, Fusarium y Alternaria. La presencia de estos hongos en los alimentos no siempre es evidente a simple vista. En ocasiones, cuando el desarrollo del moho es avanzado, se manifiesta como una capa vellosa o manchas de colores en la superficie del alimento, lo que permite su detección visual. Sin embargo, otras veces los hongos pueden encontrarse en forma de esporas o micelio incipiente, completamente imperceptibles para
el ojo humano, incluso en productos que aparentan estar en buen estado. Por esta razón, el consumo de micotoxinas en los alimentos representa una crisis silenciosa de salud pública a nivel mundial.
En los últimos años, el Ministerio de Salud de Chile (MINSAL) a través de su Programa de Vigilancia Nacional ha detectado e informado de la detección de micotoxinas en productos de consumo masivo comercializados en el país.
Es importante destacar que el cambio climático está expandiendo la contaminación por micotoxinas hacia nuevas regiones, haciendo de la seguridad alimentaria un desafío creciente que exige sistemas de monitoreo adaptativos y herramientas de diagnóstico accesibles, tanto para alimentos y piensos exportados como importados. Fortalecer la vigilancia, invertir en tecnologías de tamizaje eficientes y generar datos robustos sobre exposición es clave para anticiparse a las crisis y proteger la salud de la población.
Frente a este escenario, resulta urgente implementar estrategias de tamizaje eficientes y de bajo costo que permitan ampliar la cobertura del monitoreo de micotoxinas en el país. El uso de la PCR (convencional o cuantitativa) para el diagnóstico de hongos productores de micotoxinas en alimentos ofrece ventajas económicas y logísticas frente a los métodos clásicos basados en la detección directa de toxinas. Estas se fundamentan en su capacidad de discriminar rápida y costo-efectivamente entre cepas toxigénicas y no toxigénicas de una misma especie, una distinción que los cultivos o el análisis de toxinas logran a través de procesos largos y costosos. Estas técnicas, acopladas a la secuenciación de ADN obtenido de las muestras, confirman la especie fúngica y su potencial toxigénico, mientras que la secuenciación basada en el ARN de las muestras permite demostrar que los hallazgos corresponden a hongos viables y activos, evitando falsos positivos por trazas ambientales de ADN. En el INTA contamos con una amplia experiencia en diagnóstico y tipificación molecular aplicados a alimentos, capacidades que ponemos a disposición para la detección de los principales géneros toxigénicos (Aspergillus, Penicillium, Fusarium y Alternaria), permitiendo discriminar entre especies productoras y no productoras de micotoxinas y evitar así falsos positivos por contaminaciones de especies filogenéticamente cercanas pero genéticamente inocuas.
Puedes seguir leyendo el artículo en el siguiente link